O de la última pieza del puzle, o la penúltima, de este The New Great Game, que así han llamado ciertos analistas políticos al tira y afloja de las potencias mundiales en relación a los recursos de Asia Central. Irán de la frontera, porque cayó Afganistán y luego Irak y, ya en África, también Libia, con asesinato del caudillo en falso directo. Y ahora, apenas recuperados de las impactantes, y pixeladas, imágenes de Gadafi linchado, asesinado y muerto, el presidente de Israel, B. Netanyahu, afirma que el programa nuclear de los persas supone un peligro para el mundo libre. Reflexiono acerca de estas cuestiones y asumo que los líderes occidentales (y pro tales) son maestros del ejercicio eufemístico, doctores de la paradoja y mentirosos de crianza.
Antecedentes
La OTAN, abanderada por EEUU, arrasó Afganistán para hallar a Bin Laden, encarnación del mal, terrorista irredento que habría de pagar con su sangre la de aquellos que perecieron en las Torres Gemelas. Arrasaron un país en base a esta premisa; pero a nadie escapa, o a muy pocos, que esta conquista de la democracia occidental supuso, en realidad, un paso de gigante en el asentamiento de bases militares en una zona de alto valor geoestratégico, tanto a la hora de asegurar el abastecimiento energético de Europa como para pergeñar nuevas operaciones en este territorio. Luego, aún resonantes los bombardeos sobre Kabul, las miradas se dirigieron sobre ese viejo conocido, Saddam Hussein del golfo, a quien se acusó de cobijar terroristas e incluso de amenazar a occidente con un programa nuclear sin precendentes. No encontraron armas los soldados, pero ahorcaron a Saddam Hussein; poco después, empresas multinacionales como Exxon Mobile, y otras, se encargaron de reiniciar la actividad en los pozos petrolíferos irakíes, cuyo coste de explotación se presume el menor del mundo (1 dólar por barril). Hace algunos meses, las democracias otánicas se fijaron en Libia, donde Gadafi utilizaba la violencia para reprimir a los ciudadanos en los que germinaba la Primavera Árabe. Pronto, el Consejo de Seguridad de la ONU, garante de los derechos humanos, aplicó el principio Responsability to Protect e impuso, por tanto, la exclusión aérea del país africano. En su afán de defender a los civiles, la OTAN, encargada de la situación, empezó a atacar las ciudades del régimen, y no se sabe bien por qué motivo, a incentivar a los rebeldes para que arrebataran territorio a Gadafi. Este asunto comenzó a inquietar a Rusia y China, que se habían abstenido de votar a favor de la intervención militar en Libia, convirtiéndose en potencias espectadoras de una guerra promovida para evitar víctimas civiles (¿?); más aún, cuando en Siria, el gobierno se dedicaba (aún se dedica) a matar impunemente a los ciudadanos que, enardecidos por los triunfos reivindicativos de otros estados islámicos, clamaban (aún claman) por un cambio gubernativo y social; aunque en este caso, no se pronunció ningún organismo de política supranacional. Por otra parte, ciertas voces disidentes especulan con que los rebeldes libios, esos azotados por la mano repentinamente infame de Gadafi, eran y son jefes tribales financiados y armados por Francia. El estado que occidente, supuestamente, ha liberado, cuenta con una tasa de alfabetización del 80%, no ha padecido ninguna hambruna en los últimos tiempos pero, ¡ah!, posee la principal reserva de petróleo de África.
El caso iraní
Irán ostenta el dudoso honor de pertencer, junto a Corea del Norte y Venezuela, a El Eje del Mal, ese selecto grupo de países cuyas andanzas peregrinas no satisfacen a los próceres de la macroeconomía neoliberal. Desde hace años, hemos escuchado en los medios de comunicación amenazas hacia este país, hacia su gobierno, en base al terrorismo internacional, que supuestamente alberga, y, sobre todo, por el desarrollo de un programa nuclear cuyo fin último es, también supuestamente, la creación de armas atómicas. Amenazas, insultos y falsedades vertidas desde distintos foros han configurado una imagen negativa del país. En primer lugar, al igual que con Venezuela, en muchos medios de comunicación se obvia, o desmiente, la figura del presidente del gobierno; por tanto, para miles, Mahmoud Ahmadinejad es una personaje inexacto, quizás un caudillo, siempre en el punto de mira de occidente por sus pretensiones malévolas. Sin embargo debe ser elegido cada cuatro años por votación sin ningún censo de votantes, esto es, mediante sufragio universal (por si cabía alguna duda sobre la discriminación de la mujer). Aclarado este punto, este país, heredero natural de la antigua Persia, posee, gracias a la riqueza generada por el petróleo, una emergente industria tecnológica, lo que significa que, hasta cierto punto, no depende de las potencias industriales para proveerse de las infraestructuras necesarias para la explotación de sus recursos. Por tanto, disfruta de cierta independencia e impunidad frente a los posibles abusos de las empresas multinacionales. En cuanto al desarrollo de armamento nuclear, que tanto preocupa a Israel, EEUU y el nutrido etcétera, Bijan Zanganeh, Ministro de Petróleo en 2004, desmintió que el fin de los planes sobre energía atómica derivara en la investigación y consecución de armamento. Desde el gobierno con sede en Teherán, esta ha sido la postura cada vez que se vertido acusaciones y especulaciones sobre armamento nuclear. Quizás, los diversos ataques desde los gobiernos occidentales (y pro occidentales) se basen en otras declaraciones de Zanganeh, que anunció que su país prefería como socio a China antes que a Japón, lo que, en otras palabras y leyendo entre líneas, es una manera solapada de preterir los intereses de EEUU y sus aliados. En culquier caso, Rusia apoya la postura del gobierno persa y añade que su agencia estatal ha colaborado en la puesta en marcha de la central Bushern, situada a orillas del Golfo Pérsico, reiterando que los fines de esta industria son totalmente pacíficos y que, por tanto, solo persiguen el aprovisionamiento de energía para el avance tecnológico iraní. Al margen de las inclinaciones políticas, resulta evidente que Asia Central, desde la caída de la URSS, se ha convertido en el escenario de The New Great Game, y que los distintos bloques, las diversas potencias y sus acólitos, utilizan sus influencias para conquistar posiciones. Las reservas de petróleo y gas natural de estos países, así como su situación estratégica, los convierten en un blanco para las aspiraciones de las grandes multinacionales, que amparadas por el brazo armado de la OTAN, ambicionan no solo los recursos, sino también la construcción y dominio de infraestructuras y canales de distribución, arterias que irrigan de energía (gas natural u oro negro) tanto a los estados adyacentes, como a aquellos cuyo subsuelo no alberga tal riqueza.
Tambores de guerra
Desde Israel, como en los tiempos de Jericó, suena a guerra, esta vez en palabras de Benjamin Netanyahu, primer ministro, que advierte a neutrales y aliados de la peligrosidad del régimen iraní, de la potencia destructiva de ese pueblo. Suena a guerra, pero suena también a falsete, suena a un estado israelí correveidile que paga los favores a EEUU por el asunto palestino, o el mismo estado al servicio de los intereses de ese lobby sionista que, según se dice, orquesta el destino del mundo. El propio Netanyahu, tras la lectura y estudio del informe de la OIEA (Organismo Internacional de Energía Atómica) concluye que "Irán está más cerca de conseguir la bomba nuclear de lo que esperábamos", y aún asegura que su gabinete dispone de más datos (más alarmantes, según cuenta) de los que ha conseguido esta organización. Las partes implicadas han reaccionado en función de sus intereses políticos, estratégicos y comerciales. Según una encuesta realizada el 4 de noviembre, el 80% de los israelitas espera un ataque a Teherán para entrar en guerra contra Hezbollah y Hamas, y EEUU se posiciona firmemente al lado de Israel, así como la Unión Europea, que estudia la posibilidad de imponer sanción económica al país pérsico. Por otro lado, Rusia critica el informe y considera que la OIEA trabaja al servicio de los intereses de los estadounidenses, mientras que China pretende mediar entre las partes en conflicto. Venezuela ha anunciado que apoyará la postura dictada desde Teherán, y Fidel Castro, ex mandatario cubano, ha advertido que el organismo de energía atómica pone al mundo al borde de la guerra tras la publicación de este informe sesgado.
Un ataque a Irán supondría un aluvión de problemas diplomáticos, tal es el entramado de relaciones geoestratégicas de los países interesados en la zona. Irán no es solo un territorio con recursos energéticos, sino una alternativa al tráfico de hidrocarburos por el mar Caspio, lo que abunda en la repercusión de un posible conflicto bélico. Desde este país se surte a Rusia y a China, y también a Europa. Según los expertos, el ataque otánico contra Teherán se está dilantado tanto en el tiempo, sobre todo, porque China apuesta por una postura conciliadora, aunque favorable para el país pérsico, puesto que no quiere plazos de desmantelamiento ni amenazas contra un estado donde es principal inversor. Además, en cifras económicas, el gigante asiático recibe de este país el 13% de sus importaciones de petróleo (con posibilidad de expansión) y ha firmado un preacuerdo por 100.000 millones de dólares con el gobierno persa para encargarse de la construcción de los oleoductos de gas y otras infraestructuras como, por ejemplo, una red de metro para la capital. Esta política exterior China (semejante a la que aplica en África, donde ya es, también, el inversor más importante, y la mayoría de países sudamericanos) difiere del belicismo usurpador del bloque occidental, que pretende, mentando al terror y al apocalipis, la expoliación de la riqueza natural de otros países, en un ejercicio de post imperialismo permitido por la laxitud de la ONU. Otro problema para las pretensiones estadounidenses radica en que el gigante asiático posee gran volumen de participación en los bonos del tesoro de EEUU, así como cierto peso respecto a las finanzas del estado americano, por lo que cualquier estrategia de la OTAN debe basarse en no molestar, bajo ningún concepto, al gobierno chino. Mientras cada potencia juega sus cartas, rigiéndose por los criterios económicos y la previsión de beneficios de las multinacionales del sector, la ciudadanía mundial se enfrenta a las excusas con que los órganos de difusión de su bloque pretenden justificar lo que, a todas luces, se presenta como un conflicto de gran magnitud, a no ser que las potencias emergentes con intereses en la zona, pacten un acuerdo con los invasores y se repartan los beneficios derivados de la destrucción de Irán, la última frontera.
muy bueno, genial...
ResponderEliminarMuy bien explicado Montilla
ResponderEliminarMuchas gracias. Me alegra que os haya gustado. Un saludo.
ResponderEliminarDéjate de saludar y escribe más, copón!
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